LA PROBLEMÁTICA DEL DESARROLLO ECONÓMICO Y SOCIAL Y SUS DIMENSIONES

Mitos, discursos y mentiras neoliberales

| Miceli Felisa Josefina

Cuando fuimos invitados a participar al III Congreso de Economía Política Internacional, pensamos en algunas ideas que hemos venido sosteniendo hace tiempo sobre el tema central del evento: “Sistema económico y político mundial: las posibilidades de desarrollo de la periferia”.

Cierta vez en un programa de radio entrevistaban al economista liberal Ricardo López Murphy. Todavía estaba fresco el estallido de la convertibilidad que se llevara puesto al gobierno de Fernando De la Rúa, y él decía que “debíamos hacer exactamente lo mismo que los países a los que les iba bien”.

“¿Y cuáles son ellos?”, se le inquirió incluso intuyendo cual sería la respuesta.

“Alemania, Francia, España, Italia, EE.UU.”, replicó enseguida López Murphy con el libreto estudiado a la perfección.

¿No cree que a ellos les va bien porque a nosotros nos va mal?, le repreguntaron.

“De ninguna forma”, dijo taxativamente el ex ministro de la Alianza.

¿Conoce algún país del Ecuador para abajo que haya colonizado alguna vez en la historia a algún país del Ecuador para arriba?, lo desafiaron. Y solo hubo silencio.

Esto que se le preguntaba desde el más sencillo sentido común, es una de las premisas de la teoría de la dependencia desarrollada por André Gunder Frank, Theotonio dos Santos, Ruy Marini y Cardozo/Faletto. Desarrollo y subdesarrollo son parte de la misma dinámica universal.

Explicaron como la situación de dependencia que experimenta América Latina en el sistema capitalista global, condiciona la estructura interna haciendo que los países periféricos sean dependientes en su propia naturaleza[1].

Este trabajo intentará desanudar esa trama: ¿Por qué los países dominantes y los organismos internacionales –aunque también las elites de cada país- recomiendan para las naciones “subdesarrolladas” premisas que no cumplen en sus propios países a los que, según López Murphy, les va bien?

Nuestro objetivo será demostrar que las premisas impuestas a los países “subdesarrollados” por parte de los países dominantes, es una mentira reproducida interminablemente y que solo tiende a mantener el statu quo y seguir colonizándonos, ya no a través de las armas sino de la economía y de las reglas internacionales que redactan los países dominantes.

Para ello usaremos el método comparado, utilizando datos duros del sitio web www.datosmacro.com, por considerarlos confiables. Compararemos así mismo, a cada país desarrollado con sus ex colonias, ya que de ellos se ha heredado cierto acervo social que nos permite inferir que podrían ser unidades similares.

Haremos primeramente un recorrido por la Europa de finales del siglo XIX para avanzar hasta nuestros días tomando los últimos datos duros, como ser: endeudamiento externo, gasto público, déficit fiscal, gasto de educación, ranking de competitividad, desempleo, presión fiscal, máximo impuesto sobre la renta, balanza comercial, riesgo de pobreza, esperanza de vida, etc.

Hasta hoy, el Estado deviene subordinado a los poderes facticos de tal forma que no debiera asumir un comportamiento de un jugador más en la mesa de discusión. Por el contrario, debe tener la capacidad de totalizar –Estado totalizador- todas las demandas y decidir en consecuencia, y la capacidad de imponer por la obediencia o la fuerza lo que en su seno se decida para no ser presa de los factores de poder que permeabilizan el suyo. Un Estado democrático no es el más permisivo, sino aquel que con mayor autonomía resulta capaz de brindar orden social y monopolizar el uso de la coerción en beneficio de las mayorías.

Si no es el Estado totalizador como órgano político al servicio del pueblo, la toma de decisiones adquiere características tecnocráticas, cuyas decisiones políticas son tomadas por algunos organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Organización Mundial del Comercio (OMC). En América Latina se la identificó con las imposiciones del denominado Consenso de Washington[2] (CW) cuyo paquete de medidas se presentaba como la fórmula perfecta hacia el crecimiento económico, el control inflacionario y la distribución equitativa. Para la política económica interna, el CW recomendaba minimizar el gasto público, los impuestos y las subvenciones, amparar y facilitar la inversión extranjera y local, favorecer a la empresa privada, desregular precios y mercado de trabajo, y asegurar los derechos de propiedad privada, intelectual y de empresa. Para el comercio exterior, prescribía liberalizar las importaciones y exportaciones, y orientar la moneda nacional hacia la competitividad internacional y la exportación no tradicional.

La avanzada neoliberal vuelve a cuestionar la concepción de Estado, surcada por la débil acción de algunos espacios políticos para aunar definitivamente sociedad civil y Estado, totalizando representación, intermediación y decisión, minimizando todo contraste social. Ese pareciera ser el gran desafío de la hora: la recuperación y el fortalecimiento de un Estado ubicado no solo en otro nivel a los actores en disputa sino por encima de todos ellos, ampliando su capacidad regulatoria, su representatividad universal y su autonomía frente a los poderes fácticos, en el contexto crítico que la situación mundial exige.


[1] Dos Santos, Theotonio (1970) – “Dependencia y Cambio Social”, en Cuadernos de Estudios Socio Económicos, Santiago de Chile, Centro de Estudios Socio-Económicos (CESO), núm. 11, pág. 10.

[2] Williamson, John (1990), citado por Acuña C. y Smith W. (1996): “La economía política del ajuste estructural: la lógica de apoyo y oposición a las reformas neoliberales”, en Desarrollo Económico, Vol. 36, Nº 141, Buenos Aires, P. 396.)

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